Villa OHiggins: Aventuras al final de Carretera Austral

Por: Evelyn Pfeiffer / Periodista y Fotógrafa
Contacto: @evelynpfeiffer

La primera vez que fui a Villa O’Higgins fue hace unos cuatro años, con dos amigas. La primera parada fue en el kiosco El Peregrino en Puerto Yungay, mientras esperábamos la barcaza Ronchi que cruza el fiordo Mitchell. Un té y un rico queque, para luego comenzar la travesía de 45 minutos y hacer el ansiado último tramo de la Carretera Austral.

Fiordo Mitchell

El camino es estrecho y con muchas curvas y cuestas. Pero el trago amargo de la calamina y las curvas, se pasa con las vistas a lagos, lagunas, bosques, cascadas y montañas. Íbamos atentos por si veíamos algún huemul, pero no tuvimos tanta suerte, aunque sí nos topamos casi de frente con dos cóndores volando sobre una de las cuestas, a escasos metros de nosotros. De esos momentos mágicos, donde uno jamás tiene la cámara a mano ¿Les ha pasado?

Después de unas cuatro horas por fin vimos el cartel Bienvenidos a Viña O’Higgins, que nos recibió primero nublado y luego con una lluvia de esas que mojan hasta el alma. Lo primero fue instalarnos en nuestras habitaciones de un lodge exquisito (Robinson Crusoe) y coordinar las excursiones de los días siguientes. En cuanto paró de llover salimos a estirar un poco las piernas recorriendo el poblado, que es pequeñito y con olor a leña. Pasamos a comprar algunos snacks para el día siguiente y volvimos al hotel a cenar y relajarnos en las tinas de agua caliente.

Robinson Crusoe Lodge

Salimos a las 7:45 del lodge rumbo a Puerto Bahamondez para tomar la Quetru, la embarcación donde pasaríamos el resto del día navegando por el lago O’Higgins. En este punto hay un cartel que indica el final de la Carretera Austral, donde nos tomamos un montón de fotos y las subimos de inmediato a Facebook para sacar pica a los amigos. El efecto fue inmediato 🙂

En pocos minutos nos embarcamos y partimos navegando por este lago que se llama O’Higgins del lado chileno y San Martín del lado argentino. Nos habían advertido que el lago era monstruoso: es uno de los más grandes de Sudamérica con 1.013 km², tiene ocho brazos, una profundidad de 836 m (es el más profundo de América y el quinto en el mundo) y puede tener vientos de más 50 nudos (92 km/h) y olas de hasta 4 metros. Incluso en ocasiones, los viajes se deben cancelar o postergar. Pero el día estaba precioso, con sol y sin viento, así que este lago gigante nos mostró su rostro más manso y feliz, con un color turquesa intenso, producto de los sedimentos que acarrean los glaciares de Campo de Hielo Sur.

Glaciar OHiggins

Fueron casi 3 hrs hasta Candelario Mancilla, donde se bajaron varios pasajeros que seguían rumbo al Chaltén. Desde aquí se puede hacer un trekking, pasar por Laguna del Desierto y cruzar caminando las fronteras, hasta llegar a la llamada “capital del trekking argentino”, a los pies del monte Fitz Roy. Claramente quedó como aventura pendiente para nuestra próxima visita.

Nos fuimos conversando con una pareja que venía desde Japón y llevaban varias semanas en la Patagonia y seguirían recorriendo todo un mes más. Nos contaban que les asombraba la poca intervención que tenían estas tierras y que les parecía fascinante esa sensación de soledad, ya que estaban acostumbrados a visitar lugares donde había que luchar con otros turistas para tomar una foto, pero en Patagonia solamente eran ellos y la naturaleza. Fue super rico escucharlos y sentirme tan afortunada de visitar un lugar tan especial como este y de vivir tan a la mano de él. Suelo escuchar que Patagonia es cara o que queda lejos, pero es mentira… ¡estamos al lado!

Villa OHiggins

Conversando el tiempo se pasó muy rápido y pronto nos encontramos cara a cara con la pared del glaciar O´Higgins, que pertenece a Campo de Hielo Sur. El glaciar es enorme, es el cuarto más grande de la Patagonia, con una pared de 3 km y con 80 m de altura, y debe ser el más hermoso que he visto en mi vida, con esa combinación perfecta de colores blancos y azulados que caen sobre las aguas turquesas del lago.

Estuvimos más de una hora sacando fotos y disfrutando la vista, sorprendiéndonos por el sonido estremecedor de un pequeño desprendimiento de hielo (¡¿cómo será uno grande?!), las formas escarpadas de los hielos y, por supuesto, terminamos la visita haciendo un brindis con whisky y hielo milenario.
En el camino de regreso, decidimos con nuestros nuevos amigos japoneses, hacer un trekking al día siguiente al glaciar El Mosco. Y mientras estábamos planificado, entre el cansancio acumulado y el movimiento del barco, me dormí y no supe del mundo por horas.

Infografía: Villa OHiggins

 

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