Un viaje es un regalo de la vida

Por: Jacqueline Ortega
Instagram:@jaqeortega

Cuando fui invitada por Carretera Austral a realizar un viaje, la verdad es que mi primera sensación fue de incredulidad absoluta, un viaje regalado, era para no creerlo. Conforme iban avanzando los días y la planificación, se iba armando en mi cabeza más claramente el viaje soñado.

Para mi viajar, y supongo que para muchos, es una experiencia exquisita, desde el minuto cero en adelante, organizar, imaginar, investigar, son parte del grato proceso que no hacen más que aportar a las expectativas que tenemos, sumado a que el destino me sonaba a un monstruo del disfrute.

Mi viaje era distinto en algunos aspectos, fui invitada, iba sola, era corto (tres días), debía pedir permiso en el trabajo y además grabar videos para poder mostrarles lo que estaba viviendo, cosa que hacía por primera vez, entre otros factores que lo hacían especial. Cuando llegó el gran día, yo era un atado de nervios, ansias y un toque de susto, pues viajaba sola a un lugar lejano que no conocía, pero finalmente llegué sana y salva a Balmaceda. Esta es una localidad chiquitita, el aeropuerto es pequeño, pero con mucho movimiento.

Cuando llegué había un sol radiante, pero el viento era cosa seria. Abordé un transfer cuyo conductor ya sabía mi nombre, estaba coordinado con Carretera Austral. El trayecto entre Balmaceda y Coyhaique es sorprendentemente bello, con un paisaje que va cambiando por cada kilómetro que recorres, eso sí el cielo no cambia, un celeste maravilloso y una que otra nuble pasando despistada.

Ya llegando a Coyhaique hubo tiempo justo para dejar la maleta y almorzar, afortunadamente todo queda cerca y de ahí a recorrer a patita la ciudad. Joselyn, la guía turística que me acompañó sabía de todo, historia, flora, fauna, tipos de paisajes, actividad económica y las mejores picadas para tomar helado, de calafate obvio, y para comprar chocolates artesanales o lo que le pidieras. Se pasó volando el tiempo y terminé el día en una pizzería muy reconocida y recomendable “Mamma Gaucha” donde comí en exceso, no solo por golosa, sino que también por lo deliciosa de las preparaciones y de las cervezas, absolutamente increíble lo sabroso, un placer tras otro placer.

Al día siguiente la aventura comenzó temprano, 6:00 am despierta y llena de energía, 40 minutos después desayunando para que a las 07:30 en punto pasara por mí la Van. El viaje a las Capillas de Mármol es largo y el guía te lo explica claramente, por cosas prácticas como el tema baño, dinero en efectivo y colación para la mañana. Nuevamente el traslado pasa a ser parte del atractivo, pues cambia radicalmente, pasando por unos verdes intensos y llegando al magnífico y tentador blanco de la nieve. Y si mirabas hacia arriba, la cosa no era muy distinta, pasamos de lluvia a sol, nubes a cielo despejado, todo en el transcurso de unas horas. Y las montañas, son tema aparte, cada una de ellas es una obra de arte.

Hicimos tres paradas, donde no quedaba más que contemplar la inmensa belleza de la zona, querías que se detuviera el tiempo y el silencio era desconcertante, acompañado dulcemente por el trinar de algunas aves y el viento que te acaricia suavemente como dándote una caricia.

Llegando a Puerto Río Tranquilo, te explican desde donde salen las lanchas, cómo es el viaje y curiosidades del Lago Chelenko que terminan de sorprenderte. Cuando ya comienza la navegación te das cuenta que el viento forma un oleaje muy parecido al del mar y pronto empiezas a ver los colores del agua, que ayudados por los rayos del sol deleitan con la majestuosidad del entorno, aunque el viento a esta altura se pone más juguetón y haga de las suyas.

De pronto el motor se detiene y te anuncian lo que estás viendo, cavernas de mármol. El lanchero sabe un montón, me dediqué a hacerle preguntas y se puede percibir ese conocimiento que no proviene de libros, si no que de la experiencia misma, del vivir allí.

De ahí son tres paradas más, en las cuales estás muy cerca de cada atractivo, cuevas, capilla de mármol, catedral de mármol y otras formaciones rocosas, algunas con nombre y otras que dan pie a tu propia imaginación. El viaje en bote es perfecto e inolvidable. De vuelta a tierra te esperan en un restaurante local, sencillo pero muy acogedor, con un almuerzo de aquellos que levanta muertos. Nosotros comimos cazuela como plato de entrada y después arroz con carne de plato de fondo, y fuimos varios los que no pudimos con toda la comida y encima para cerrar te sirven postre.

El viaje de vuelta es muy similar al de la mañana, con la diferencia que los arcoíris estaban por doquier. Nos detuvimos en tres lugares, uno de estos con mucha nieve, donde fue inevitable la guerra, disfrutar como niños chicos y reírnos a más no poder lanzándonos bolas de nieve.

En este punto y ya por la hora presencias el atardecer de la zona, con sus tonalidades y paisajes que te dejan con la palabra gratitud impregnada en la piel y el corazón. Llegamos a Coyhaique casi a las 20:00 y con hambre, lista para ir a cenar a “La picá de los bomberos” donde nuevamente el paladar se regocija de placer y deleite. Pastel de jaiba fue mi acertada elección.

Quedaron muchas cosas por conocer y disfrutar, pero ya era la hora del descanso y dejar que decantaran las emociones del día. 07:00 am del domingo y a levantarse para bajar pronto al desayuno buffet, donde no sabes que comer por todo lo rico que hay. Café negro para mí, obligatorio y el kuchen de manzana (más todo lo demás). A las nueve llega la van para llevarme al aeropuerto.

Sentí la nostalgia y las ganas de estar más días, pero sin duda es la invitación más clara a regresar y recorrer nuevamente esta hermosa región y la Carretera Austral. Agradecer se queda corto, pero hay que hacerlo. Gracias a la vida, al universo a los astros que se alinearon. Gracias a Carretera Austral por invitarme. Gracias a la naturaleza por mostrarnos su inmensidad. Simplemente Gracias!!!

 
FUENTE: Jacqueline Ortega | Publicado el 16/11/18
 

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