Raúl Marín Balmaceda: la nueva puerta de entrada a la Carretera Austral

Por: Evelyn Pfeiffer / Periodista y Fotógrafa
Contacto: @evelynpfeiffer

Muy pocos conocen Raúl Marín Balmaceda y la mayoría suele confundir su nombre con Balmaceda, el pequeño poblado donde se encuentra el aeropuerto de la región de Aysén. Raúl Marín se encuentra en la misma región, pero en la costa y casi en el límite con la región de Los Lagos.

Este poblado era uno de los más aislados de Aysén, ya que solamente se podía acceder en barcaza desde Quellón (usualmente sólo peatones), lancha por el río Palena o en avioneta, pero el año 2009 se abrió el camino que lo une con la Carretera Austral a la altura del poblado de La Junta. Y, mejor aún, hace un par de años se amplió el puerto y ahora las barcazas pueden atracar sin problemas, siendo una gran alternativa para entrar a Carretera Austral en auto desde Chiloé.

Raúl Marín Balmaceda

Caminando por la isla

Si hay algo que hice en mi visita de tres días fue caminar y caminar. Es imprescindible llevar unas zapatillas cómodas, agua, bloqueador solar, repelente de mosquitos, cámara fotográfica y, simplemente, lanzarse a explorar.

Partamos por el pueblo. La fisonomía me pareció bastante diferente a lo que uno acostumbra a ver, con calles de arena bastante desordenadas, casas dispersas y donde no se veía un alma. ¡Obvio! Estaban todos en la playa, que está a sólo un paso. El pueblo está rodeado de aguas dulces y saladas: por un lado está el río Palena y su delta, por otro el fiordo Pitipalena, el canal de garrao y al frente el Golfo Corcovado. Es decir, aquí abundan las playas y uno puede recorrerlas por horas.

Desde mi alojamiento era cosa de bajar una escalera y tener una playa enorme para mi sola, donde no tenía más compañía que decenas de aves, algunas marinas como el pato lile, otras de campo como las bandurrias y desde los bosques aledaños, cantos de chucaos y hued hued.

Raúl Marín Balmaceda

Cuando me aburrí de tantas playas, comencé a internarme en los bosques. Hay dos senderos, de muy baja dificultad, donde me dediqué a abrazar lumas, arrayanes, canelos, tepas y coigües, entre otras especies. También hay miradores con vista al Golfo Corcovado, donde me quedé un buen rato viendo delfines nadando y saltando. ¿Podía verlos de cerca?

Delfines

Hacia el mar

Consultando llegué donde la persona indicada, que hace tours hacia los islotes Las Hermanas. Le pregunté si podíamos ver delfines y me dijo que “podíamos intentarlo”. Esa era la respuesta indicada.

El mar se movía bastante, porque el golfo es abierto y uno va rompiendo contra las olas, pero no es para nada temible y a uno se le olvida cualquier posible mareo, cuando empieza a escuchar los graciosos gritos de los lobos marinos. Los islotes son pequeños y están totalmente poblados por estos animales, donde es fácil identificar los enormes machos rodeados por su harén de féminas y una que otra cría.

A nuestro paso, algunos se espantaban y se lanzaban al agua, otros salían a curiosear y otros nos ignoraban por completo y seguían durmiendo después de una breve “ojeada”. También visitamos otros islotes donde se juntan cientos de cormoranes imperiales que anidan en este lugar.

Mientras navegábamos, siempre iba atenta al mar, porque me habían dicho que este es uno de los mejores lugares de la región para ver toninas. La gente suele nombrar como toninas a varias especies de delfines, pero en la gran mayoría de los casos se refieren al delfín austral. Es bastante común verlos, porque les gusta “surfear” en las estelas que dejan los barcos.

Se dice que los avistamientos tienen que ver con las mareas, las horas de alimentación de estos cetáceos, el viento y mil razones más, pero me atrevería a decir que es más que nada un tema de suerte y que la Patagonia decida darte un regalo. Y, al parecer, yo tengo una suerte de aquellas. Una, dos, tres, cuatro toninas. Comenzaron a aparecerse por todas partes. Un par de saltos a lo lejos. Más toninas a lo lejos. Un salto más cercano. Se acercaron dos que comenzaron a hacer piruetas al mismo tiempo, como si fuera un espectáculo. Todos los turistas y hasta el capitán de la lancha aplaudían sorprendidos. Más saltos y muchos más cercanos, que me permitían ver sus cuerpos robustos, de aproximadamente 2 metros de largo y más de 100 kilos de peso. Un delfín dio 14 saltos seguidos mientras seguía la lancha. Otro saltó justo al lado nuestro y cayó con tanta fuerza que me empapó (por suerte se salvó mi cámara). Seguimos a las toninas un rato, después ellas nos siguieron a nosotros, y así jugamos por turnos un buen rato, hasta que decidieron que el regalo había terminado y desaparecieron de nuestra vista.

Ballena

Era misión cumplida y mi despedida perfecta de la isla.

 

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