La Carretera Austral es completamente exuberante

Por: Verónica Soffia
Instagram:@verosoffia

Chile es un país lindo hacia donde sea que mires. Lo he recorrido harto y lo sé. Pero aún así, creo que hace tiempo no me sorprendía tanto. La Carretera Austral no sólo es bella… es completamente ¡exuberante!…

Para mí, visitar la Carretera Austral fue como estar dentro de una película. Sentía que estaba en Narnia, o en algún mundo fantástico donde en cada paso era sorprendida por una nueva maravilla. Cuando llegas al aeropuerto de Balmaceda, en medio de la pampa, el paisaje es abierto, de poco follaje y eternos pastizales. Avanzas hacia Coyhaique, y lentamente empiezan a aparecer impresionantes paredones de roca y cascadas, que te van seduciendo de a poco, para después, entrar de lleno en el valle del Río Simpson, y deslumbrarte sin remedio con bosques verdes y tupidos, ríos de distintos colores y montañas de exóticos colmillos de piedra.

Sí. Chile es un país lindo hacia donde sea que mires. Lo he recorrido harto y lo sé. Pero aún así, creo que hace tiempo no me sorprendía tanto. La Carretera Austral no sólo es bella… es completamente ¡exuberante!, opulenta y salvaje.

Aquí, no vas en busca de un hito; ellos te encuentran a ti, aparecen a cada rato, y cada kilómetro es una postal de película. Y eso es algo a tener en cuenta, porque es posible que, como yo, no puedan evitar parar cada 30 minutos a contemplar una nueva belleza impresionante que apareció en el camino, y deban considerar esos tiempos cuando planifiquen su viaje. Porque la Carretera Austral se trata de… la carretera. Más que nunca; el camino es la meta, y hay que estar abierto y disponible para que te sorprenda en cualquier minuto. Al menos para mí fue así. Soy de las personas que se emocionan con la naturaleza y hubo muchos momentos en que me sentía realmente conmovida, y necesitaba detenerme… ¡Y es que esas montañas resquebrajadas y salvajes se te vienen encima! y no lo puedes creer. Y así con los ríos, y los animales. Mis favoritos fueron un Martín Pescador que llegó a saludarme el primer día, una familia de toninas (delfines australes) que, desde la ventana del auto, pillé paseando por la tranquila bahía de Puyuhuapi, y los rosados flamencos del valle de La Tapera, que contrastaban con el verde intenso de un valle perfecto, como de Heidi.

Y junto con todo eso, está la gente. La otra gran riqueza de la zona que también hay que saber observar. Me sorprendió mucho lo enamorados que estaban todos de su propio territorio. Viven en el paraíso, y lo saben. Cada taxista, cada guía, cada persona con la que me cruzaba, hablaba con amor y pasión sobre la región, sobre sus incontables maravillas, y sobre cómo, a pesar de poder vivir en cualquier parte, elegían estar ahí.

Además, una y otra vez me encontraba con personas cálidas y acogedoras que compartían desinteresadamente su ayuda y sus historias. Incluso alguno por ahí, que sin conocerme, compartió su mate conmigo cuando me vio agotada en la cima del mirador del Ventisquero Colgante, devolviéndome el alma al cuerpo y salvándome el día. Creo que hasta ese minuto, nunca había entendido bien la fuerza revitalizante que tiene el mate y por qué lo tomaban tanto por esos lados, en donde están siempre preparados para todo, para trabajar, para enfrentar ventiscas, y también para saber esperar, esperar a que la naturaleza haga lo suyo y pase lo que tenga que pasar.

Si tuviera que elegir algunos hitos imperdibles (porque también los hay), elegiría el Ventisquero Colgante, donde tienes que perderte en el bosque para luego admirar el espectacular glaciar, las grandes montañas que lo rodean, y el lago verde blancuzco que lo decora por abajo, como un cuadro mandado a hacer. Elegiría los rosados flamencos del valle de La Tapera, que me volaron la cabeza (¡¿qué hacen esos flamencos en esas latitudes?!), y también el Puente Piedra, con profundos pozones de agua turquesa transparente.

Pero sobretodo, los miles de miradores del camino, que es lo primero que recuerdo cuando cierro los ojos, y la sensación de sorpresa constante frente a ellos. Con eso me quedo. Y con las ganas de volver. No solo a revivir esos lugares, si no a seguir explorando, sabiendo que lo que sea que encuentre, valdrá la pena. Con lluvia, con sol, con nieve, o con las flores de la primavera, valdrá la pena y será inolvidable.

 
FUENTE: Verónica Soffia | Publicado el 18/01/19
 

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