Caminata en Hielo en Glaciar Exploradores

Por: Evelyn Pfeiffer / Periodista y Fotógrafa
Contacto: prensa@carretera-austral.net

Nos habíamos enterado de este camino por recomendación de un amigo, que nos había dicho por Facebook “vayan al Valle Exploradores, hay un mirador bien lindo para ver el glaciar”. ¿Era broma? ¿”Un mirador bien lindo?” Estaba impactada por su falta de información y descripción tan paupérrima.
Y es que el camino por el Valle Exploradores era lejos uno de los lugares más lindo que había visto en TODA mi vida. Lleno de bosques, nalcas gigantes, helechos y verde por todos lados, glaciares colgantes, lagunas, lagos, ríos y saltos de agua. De esos lugares perfectos que son capaces de darte depresión post viaje, cuando uno regresa al cemento, al smog y donde lo más verde que uno puede ver es la luz del semáforo.

Hasta el mirador del glaciar Exploradores son 52 km, que nosotros hicimos en dos horas entre tantas paradas a hacer fotos. A medida que avanzamos hacia la costa, se puso cada vez más verde, pero también cada vez más húmedo y nublado, hasta que todo se vio envuelto en lluvia.
Cuando llegamos al refugio, dejamos el auto, nos registramos y nos enteramos que no solamente se podía mirar el glaciar de lejos, sino que hacer un ¡trekking en hielo! Preguntamos a los guías un montón de cosas, desde el equipo necesario, medidas de seguridad, si la caminata era demasiado intensa, si creían que iba a despejar y un largo etcétera de preguntas, pero fueron tan convincentes y tan buena onda que decidimos salir a mojarnos y hasta nos prestaron guantes, elemento indispensable ante cualquier caída en hielo. El resto lo teníamos: bototos de trekking donde se podían enganchar los crampones y vestimenta en capas, es decir, una para sacar la humedad del cuerpo, otra de abrigo y otra impermeable. Nos habíamos equipado bien, porque nuestra intención de venir a Patagonia, era hacer varias caminatas.

Partimos el trekking bajo una ligera lluvia, por una subida entre el bosque, siempre bien acompañados por los cantos de los chuacos, pitíos y hued hued. Como en 20 minutos llegamos al mirador, donde el panorama era bastante diferente a lo que habíamos visto en fotos de glaciares. No era el típico glaciar radiante y blanco con una pared frontal que desagua en un lago o mar, esto era más bien una superficie grisácea, donde se veían rocas y más rocas y… ¡más rocas! Además el día no nos estaba acompañando demasiado y todo parecía un gran manto gris. Nos miramos decepcionados, pero nuestro guía non animó con un “allá abajo es inolvidable”.

La caminata no fue fácil, porque había que atravesar mucha piedra suelta y grandes rocas resbalosas por el agua. Toda la primera parte era en bajada, así que fuimos muy lento, siempre con cautela de no caer. Lo bueno es que ya no llovía. Ya abajo, comenzó la caminata por lo que se llama “hielo sucio”, que en realidad es hielo, pero cubierto de piedras. Solamente recordábamos que era hielo, cuando sentíamos crujir el glaciar, sonidos que son normales porque los glaciares son masas en constante transformación, pero que nos asustaban una y otra vez y nos disparaban el corazón a mil.
La caminata era larguísima y tediosa, así que el ánimo seguía decayendo. Pero poco a poco comenzamos a ver el hielo bajo nuestros pies y un poco más allá ya casi no había piedrecillas y el hielo comenzó a relucir bajo los primeros rayos de sol que comenzaron a aparecer entre las nubes. Era hora de ponernos los crampones que nos pasaron de equipo y que llevábamos en nuestras mochilas, junto a unos preciados snacks. Los primeros pasos con crampones fueron muy chistosos. Uno tiene que caminar con las piernas un poco separadas y dando pasos firmes, para que los dientes de los crampones se entierren en el hielo.

Nos volvió la sonrisa y también la luz. El colorido se volvió fascinante: decenas de tonos azules diferentes, blancos, el reflejo casi insoportable (es indispensable andar con lentes de sol). Grietas en el hielo, sumideros que parecen no tener fin en el fondo del glaciar, pequeños arroyos, grandes cuevas y otras diminutas. El ruido de los crampones rompiendo el hielo. Caminamos despacio y en silencio, explorando fascinados —y fotografiando—todo lo que veíamos. El glaciar comenzó a despejarse por completo hacia el fondo y parecía como una gran masa ondulada y blanca, como si no tuviera fin. El Monte San Valentín, el más alto de toda Patagonia, no quiso mostrarse por completo, pero todo el lugar se veía imponente.

Caminamos unas dos horas por el hielo y ahí en medio de toda esa magia, comimos nuestro snack sentados sobre nuestras mochilas y conversando con un mate en mano, que fue una reponedora sorpresa que nos tenía nuestro guía. Nos hubiéramos quedado ahí miles de horas, pero el viento nos empezó a entumir y nos quedaba un largo camino de retorno. Después de un día perfecto, no sonaba nada de mal la idea de ir en busca de una comida bien caliente.

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